Día Internacional de la Lucha contra el
uso indebido y el tráfico ilícito de drogas
Mensaje del obispo diocesano
“Muchas son las
personas heridas por la vida,
excluidas del desarrollo económico,
sin un techo, una familia, o un trabajo;
muchas se pierden
tras falsas ilusiones
o han abandonado
toda esperanza”
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos el 26 de junio el Día Internacional de la lucha contra el uso indebido y el tráfico
ilícito de drogas. Se trata de una fecha establecida por la Asamblea General
de las Naciones Unidas desde el año 1987 y a la que queremos adherir.
En este
espacio y momento adecuado para la reflexión quisiera comenzar con una
pregunta: ¿Cómo podemos ayudar a paliar
este grave problema de nuestro tiempo, para el cual sabemos, que por ahora, no
habrá soluciones definitivas?
“Los problemas
vinculados al consumo de drogas son cada vez más preocupantes. No solamente por
la evolución del consumo y el tráfico, la demanda y oferta, sino
fundamentalmente porque están relacionados con episodios que afectan
sensiblemente a la sociedad en su conjunto. La magnitud del problema es tan
alarmante que aparecen expresiones en todo el mundo que hacen pensar que la
lucha está perdida”.
El Papa
Francisco nos animaba desde una pastoral del encuentro: “Estando cerca,
abrazando, acompañando, poniendo el hombro, saliendo a buscar, a consolar,
restituyendo derechos... Sabemos que no hay recetas mágicas. Pero estamos
convencidos que trabajando juntos, poniendo el esfuerzo en acciones concretas,
podremos avanzar significativamente en la
“reducción de los daños” que provoca la droga”.
Deseo que la
celebración anual de esta fecha sea un recuerdo permanente de la necesidad de
hacernos buenos samaritanos de tantos, especialmente adolescentes y jóvenes, que
se sienten desvalidos, excluidos y olvidados de nuestra sociedad.
Los obispos de
Argentina expresamos claramente este cuadro desolador: “Los jóvenes se sienten sin raíces, obligados a afrontar un presente
fugaz y un futuro incierto. Se
suma a esto que muchas veces no encuentran adultos disponibles para la escucha
y la comprensión. De tal forma, que la drogadicción no es sólo un problema de «sustancias»,
sino más bien de cultura, valores, conductas y opciones. Es expresión de un
malestar profundo que algunos
llaman «vacío existencial». Así pues, para una cantidad creciente de jóvenes,
se afianza la convicción que vivir no tiene sentido, no vale la pena. Más de
una vez, hemos escuchado decir a jóvenes en situación de riesgo: «yo ya estoy
jugado»; para ellos, felicidad, libertad, amor, son sólo palabras huecas, tan vacías como
sus bolsillos o estómagos. Padecen la «vida deshonrada», en una sociedad inhóspita e indiferente, y muchas
veces sin una contención de sus hogares y familias”.
Estos hermanos
nuestros, chicas y muchachos, que están en riesgo o que ya se drogan, muchos de
los cuales no vienen a nuestras Parroquias, ni a nuestros Colegios, son parte
del cuadro de rostros sufrientes que hoy muestra nuestra sociedad. Como
Iglesia, no podemos permanecer indiferentes ante estos rostros que son también
“verdaderas catedrales del encuentro con el Señor Jesús”[5]. Tampoco
podemos pasar de largo ante los familiares y amigos de los adictos “que se
enfrentan día a día, con impotencia, a un enemigo de enorme capacidad de mal”.
A todos,
especialmente a quienes trabajan con familias y jóvenes, les pido que juntos
nos ocupemos de este problema. Hay muchísimo por hacer, empezando, por ejemplo,
por la prevención en nuestras Parroquias a través de jornadas de reflexión y de
la creación de centros preventivos.
A los jóvenes
y adultos que tienen problemas con las drogas les expreso mi aliento para que
inicien o prosigan el camino emprendido en la recuperación. Jesús, que ha
venido para que tengamos Vida, está al lado de ustedes y los apoya en cada paso
que dan para mejorar su calidad de vida. Cuando se sientan débiles, sepan que
en Él pueden hacerse fuertes. A las familias que tienen un adicto entre sus
miembros les hago llegar la cercanía del Señor y de la Iglesia diocesana junto
al deseo de querer acompañarlos, desde los distintos ámbitos diocesanos, en la
escucha, la orientación y la oración.
El Documento
de Aparecida nos anima desde objetivos propositivos a no bajar los brazos, a sumar voluntades y el esfuerzo necesario para ayudar, pero
recordando que en la Iglesia todos somos servidores, no nos erijamos en
conductores o protagonicemos actitudes individualistas, pues tenemos que trabajar
en cuerpo, en comunión.
Seguimos
proponiendo los mismos objetivos basados en el Documento de Aparecida:
-Sensibilizar a nuestra Iglesia y
a la sociedad frente al flagelo de la drogadependencia, desterrando la ignorancia frente al tema y el acostumbramiento que termina en
resignación.
-Fortalecer y promover la
prevención educativa frente a estas conductas nocivas y el acompañamiento a los
consumidores de drogas que quieren recuperarse.
-Expresar el apoyo a las
políticas gubernamentales que miran a
erradicar el narcotráfico y asistir a los adictos, en el respeto de su
dignidad personal y de sus valores religiosos.
-Recordar la importancia de la fe
como un factor de protección y sanación importante para quien está en riesgo o
en vías de recuperación
-Hacer de este día, o de algún
fin de semana cercano, un intenso encuentro de oración y solidaridad con los
adictos y con sus familias.
En nuestra
Diócesis hay personas e instituciones que ya se están ocupando del tema de la
drogadependencia. A ellos les agradezco el esfuerzo y el amor puestos en esta
tarea. Si todavía no han tomado contacto
con el equipo diocesano de adicciones, los invito a que lo hagan comunicándose
con Cáritas diocesana.
Pedimos la
intercesión del Beato Ceferino Namuncurá, patrono de la pastoral de adicciones
en Argentina, quien decía “quiero
ser útil a mi pueblo”, para que nos
obtenga del Señor Misericordioso la gracia de no bajar los brazos, de no decaer
en nuestra entrega, de animarnos a dar un paso más en esta lucha, sembrado una
gran esperanza, aunque como él, corramos el riesgo de dar la vida en este
intento.
Mons. Jorge R. Lugones S.J.
Obispo de la
diócesis de Lomas de Zamora
Lomas, 26 de
junio de 2013.

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