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CACHORROS

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martes, 23 de diciembre de 2014

Saludo de Navidad del obispo

Saludo de Navidad del obispo 
 El obispo diocesano, monseñor Jorge Lugones, presidirá éste miércoles de Nochebuena, una misa en el hospital “Lucio Meléndez” de Adrogué, desde las 19; y a las 21, hará lo propio en la capilla San José, en el barrio “Campo Tongui” de Lomas. 

 Cabe recordar la iniciativa de la catedral Nuestra Señora de la Paz, que en la Nochebuena ofrecerá una cena luego de la misa de las 21 “para personas carenciadas, solas y sin techo”; se pide colaboración de distintas provisiones para preparar la misma; más información: 4243 1451 (ln. a vn. de 9 a 11 y 16 a 19).

 Texto del mensaje de Navidad:
Saludo Navideño 2014 
La belleza de Dios en el hombre: “don para los demás” 

 Nos dice San Juan en ese hermoso prólogo de su Evangelio: “En el principio ya existía la Palabra en Dios, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”. 

 Toda la creación comenzó a existir, por la Palabra de Dios. De modo que esa Palabra de Dios, que es Dios mismo hablándonos, ya existía, y Él le dio el ser a las cosas, y sigue trabajando en las cosas creadas… La belleza de la creación, pues, fue hecha por la Palabra, y esa Palabra eterna de Dios, vino ahora a hacerse hombre; ya no es una Palabra antigua que solo se refleja en un mundo lejano, es una Palabra que viene a habitar en medio de nosotros. 
Pero Cristo, así como es la revelación de Dios, es la revelación del hombre. El misterio del hombre no puede entenderse si no es en Cristo. Cristo revela el hombre, al mismo hombre. 
 Cuando se olvida uno de Cristo, convierte todas esas capacidades humanas, inteligencia, libertad, amor, capacidad de compartir y de organizar la tierra, cuidar la creación, en un sistema depredador, de opresión, de esclavitud, de odio, de venganzas. Cuando se empodera con ansias de dominio, cuando se encierra en el egoísmo este retrato de Dios que es el hombre, se hace desagradable, casi inhumano en los rostros del codicioso, del traficante, del “testaferro”, del prepotente, del usurero, del difamador o descalificador crónico, del calumniador, del mentiroso, del coimero, del golpeador, del violento, del que desprecia su propio hogar… 
 El hombre no encuentra el sentido de su vocación sino es en Cristo; es por eso que en medio de la propia pobreza, miseria, opresión, cautiverio, desesperanza, no aceptación de uno mismo o de los otros, no debemos olvidar nunca que somos impronta, es decir, “imagen de Dios”: la belleza de Dios en el hombre. 
“En ella (la Palabra) estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”… 
 Por esto la Iglesia es tan celosa de los derechos humanos, y el primero es el derecho a la vida, a la dignidad y la libertad humana, ella grita como una madre que siente que le atropellan a sus hijos cuando ve que lastiman la imagen de Dios y que ella constantemente tiene que volver a su original belleza: en el rostro del indigente, el desocupado, el sufriente, el despojado de la tierra para su subsistencia, el anciano abandonado, el depresivo, la mujer golpeada, el niño “huérfano” con alguno de sus padres vivos, la adolescente embarazada o cooptada por las redes de trata y narcotráfico… 
Porque Dios le ha encomendado a la Iglesia la prolongación de esa impronta de Dios, de ese sello del Señor, comprendemos entonces nuestra propia dignidad y la reconocemos cuando el otro es: “un don para mí”. 
 En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas pero las tinieblas no la comprendieron… 
Esta Iglesia, se desarrolla también en una noche de tinieblas, tinieblas también hacia dentro de la Iglesia maltratada por los escándalos y abusos de poder. Las tinieblas no lo pudieron comprender. Qué triste pensar que esta luz, que esta vida de Dios, que este amor infinito que el Padre nos da en Cristo y que la Iglesia sigue ofreciendo a los hombres, los hombres no lo quieren comprender. 
No es que Dios haya hecho a unos capaces y a otros incapaces de comprender el mensaje de Cristo; el secreto está en la libertad de cada uno, el secreto está en la buena voluntad con que unos acogen y reciben, como María, José y los pastores, al Jesús que nace en Belén. Mientras que otros como Caifás se refugian en su codicia, o Herodes en su vanidad, o como Pilato empecinado en su orgullo, no se dieron cuenta qué tan cerquita estaba pasando la fuente de la vida eterna. 
 El Niño es la manifestación de Dios al hombre mismo: su dignidad en la pobreza, su grandeza en la humildad, su magnificencia en el despojo. Esa cara coloradita de niño recién nacido nos muestra que Dios antes de ser poder absoluto, ciencia absoluta, ser absoluto, es amor absoluto. En Navidad nace en Belén el Dios enamorado, que sale al encuentro de toda mujer y de todo hombre de buena voluntad. 
La Navidad nos muestra que la grandeza de Dios no está en haber creado el universo entero, sino en haberse puesto en los brazos del hombre olvidándose de sus grandezas eternas e infinitas. 
La Navidad nos ha demostrado que el hombre tiene capacidad para recibir a Dios y hacerse uno con Él. En Belén, de repente, nos damos cuenta de que en el hombre cabe Dios. Este ser nuestro que creíamos pequeño y miserable se estira hasta llegar a la medida de Dios. 
Los invito en esta Navidad a que intentemos descubrir la belleza secreta de la vida que nos vino a regalar Jesús, que no pasa tanto por lo superficial y sentimental, que puede al otro día dejarnos como siempre, sino, en abrirle el corazón a Dios para que El mismo lave nuestras manchas, cure nuestras heridas, recree los vínculos, restablezca los verdaderos valores, nos haga ciudadanos responsables, buenas personas, limpiando nuestra turbia mirada para contemplar y recrear la belleza de Dios en el ser humano, capaz de hacerse: “don para los demás”. 

 ¡Feliz Navidad para todos! 

Mons. Jorge Rubén Lugones s.j.

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